viernes, 9 de diciembre de 2016

Dark Heresy Planetas del Imperio 5 - Toxiqa

De entre todas las sociedades del sector Serpentis, ninguna es tan insólita o controvertida -por no decir herética- como la luna selvática Anphibion IX, más conocida como Toxiqa. Clasificada como mundo letal, lo que hace de Toxiqa algo tal vez único en el Imperio, que está habitada por una especie alienígena bajo dominio imperial.


El asco y la incredulidad son las reacciones habituales ante esta afirmación. ¿Cómo puede ser algo así? ¿Acaso no es el mandato divino del Emperador que solo el Hombre debe reinar sobre la galaxia? Así es… y los alienígenas de Toxiqa reconocen esta verdad.

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Cuando la primera nave imperial descendió sobre Toxiqa, su tripulación encontró que la luna estaba habitada por un pueblo de pequeños anfibioides primitivos a los que llamaron eslizones (aunque nadie ha logrado determinar el origen del nombre; probablemente sea un término dialectal empleado por algún tripulante, o quizá la traducción fonética de una expresión nativa). El curso normal de la ocupación planetaria dictaba que se procediese a su eliminación, pero el primer contacto se desarrolló de un modo insólito: los alienígenas se humillaron ante los humanos en completa sumisión y los colmaron de ofrendas. Intrigado por este inesperado desarrollo de los acontecimientos, el capitán Pike decidió posponer el exterminio de los eslizones hasta averiguar el porqué de este comportamiento. Aunque se arriesgaba a la censura por parte de las autoridades imperiales, su instinto le decía que podía sacar beneficio de la circunstancia. Solo tenía que averiguar qué había de valor en Toxiqa.

Los equipos de exploración (cazadores, prospectores, botánicos, arqueólogos y otra miríada de especialistas) se lanzaron a recorrer la superficie de Anphibion IX en busca de tesoros desconocidos, al tiempo que los xenolingüístas se afanaban por desentrañar las intenciones de los eslizones. Al cabo de unos meses, esta frenética actividad había arrojado varios descubrimientos interesantes:

- Los eslizones consideraban a los humanos enviados de los dioses. Su eventual llegada a Toxiqa estaba profetizada desde tiempo inmemorial, como evidenciaban ciertos relieves de gran antigüedad (posiblemente pre-imperiales) en los que aparecían figuras de aspecto humano o humanoide.

- El ecosistema de Toxiqa había evolucionado de tal forma que la mayoría de la vida animal y vegetal de Toxiqa producía algún tipo de toxina, desde suaves narcóticos hasta venenos increíblemente letales. La única excepción eran los gigantescos reptiles conocidos comúnmente como dinosaurios, cuyo tamaño y gruesa piel los hacían prácticamente inmunes a los venenos. Todo ello le valía al planeta la clasificación de mundo letal; sin embargo, también lo convertía en una inapreciable fuente de drogas, venenos y potentes antídotos (desarrollados como defensa frente al amplio espectro de toxinas nativas).

- Los eslizones, gracias a ciertas inmunidades naturales y a las técnicas aprendidas durante milenios, eran capaces de recolectar muchos de los fármacos naturales de Toxiqa, labor que a menudo suponía un peligro mortal para los humanos.


Para Pike, estos descubrimientos confirmaban que había una fuente de riquezas que explotar en Anphibion IX: un recurso natural valioso y de difícil acceso unido a una población de siervos leales para realizar el trabajo de extracción. El único problema era que esos “siervos leales” eran alienígenas. Sin achantarse ante un obstáculo de semejante envergadura, Pike se dispuso a utilizar toda su astucia y recursos para lograr lo impensable: que las autoridades imperiales consintiesen en autorizar la existencia de los eslizones de Toxiqa como una raza esclava del Imperio.

Tras década y media de sobornos, presiones, debates, favores y algún asesinato puntual, Pike logró del Adeptus Terra el aplazamiento cautelar del xenocidio de los eslizones en tanto se llevaba a cabo una valoración exhaustiva de la cuestión, algo que llevaría al menos otro siglo. En ese tiempo, razonaba Pike, la importancia de las exportaciones toxiqanas se habría multiplicado. Pronto habría grupos dependientes de sus productos; si las riquezas procedentes del comercio toxiqano llenaban los bolsillos adecuados, las autoridades imperiales acabarían por aceptar una política de hechos consumados.

Aunque a día de hoy la decisión definitiva sigue pendiente, ya pocos dudan cuál será resultado. A pesar de los furibundos sermones del clero afirmando que permitir la existencia de los eslizones en un mundo imperial es una aberración y un atentado contra la esencia misma del Imperio, muchos altos jerarcas de la Eclesiarquía mantienen un silencio ambiguo, comprado, probablemente, con las riquezas de Toxiqa. El debate dentro del Ordo Xenos también prosigue encarnizado, pero una inusual alianza entre la facción amalathiana (representante del status quo) y elementos radicales del cónclave (partidarios de hacer uso de criaturas y tecnologías alienígenas, si ello beneficia al Imperio) mantiene alejada la posibilidad de una purga como la que piden los inquisidores más puritanos. La presión a favor de otorgar el estatus de súbditos imperiales a los eslizones proviene principalmente de la nobleza y los consorcios comerciales que se embolsan los beneficios de su trabajo en la explotación de las riquezas naturales de Toxiqa. Establecen un paralelismo entre los eslizones y los igualmente impuros mutantes que proporcionan mano de obra esclava en una plétora de mundos imperiales.

Toxiqa cuenta con una única ciudad digna de tal nombre, Pike City, que es principalmente el puerto de embarque de las mercancías toxiqanas para el resto del sector. El gobernador planetario es un antiguo compañero del Capitán Pike, que se las apañó para colocarle en el puesto, y se preocupa principalmente de mantener el control sobre las exportaciones. La exigua Fuerza de Defensa Planetaria bajo su mando tiene funciones policiales y aduaneras, aunque cuenta también con varias compañías mercenarias a sueldo de Pike y de otros inversores con intereses en Toxiqa. Al gobernador no se le escapa que están ahí tanto para proteger el comercio toxiqano como para vigilarle a él (y las unas a las otras).


A pesar de la oposición formal de la Eclesarquía a la misma existencia de los eslizones, en Toxiqa trabaja un grupo de misioneros que trata de adoctrinarles en la Fe Imperial. Hasta ahora, sus éxitos han sido limitados a causa de las dificultades de comunicación y la propia naturaleza alienígena de los eslizones, aunque estos aceptan sin problema los preceptos básicos de la superioridad humana y la sumisión al Emperador. Los misioneros comparten una abadía fortificada con la misión de la Orden Dialogante de la Pluma Dorada encargada de descifrar el lenguaje de los eslizones. La abadía puede considerarse un ejemplo típico de los enclaves humanos en Toxiqa: una comunidad amurallada y más o menos autosuficiente situada cerca de un conjunto de aldeas nativas. Las murallas exteriores son altas y cuentan con alambradas electrificadas, ya que una de sus funciones es mantener alejados a los dinosaurios. En el interior, aparte del claustro y la capilla, la mayoría de los edificios son de construcción ligera, ya sean prefabricados o hechos de madera y otros materiales locales. Aunque rara vez se menciona en voz alta, casi todos los humanos que trabajan en Toxiqa mantienen una mentalidad de asedio, conscientes de la desproporción en número entre ellos y los nativos. La más mínima revuelta puede acabar en un baño de sangre para uno u otro bando.

Semillas de aventura

- Toxiqa no es, en modo alguno, el único mundo en el que se pueden encontrar dinosaurios. Su caza es un deporte popular en algunos mundos, y, en particular, en ciertos mundos caballero, donde los nobles gustan de batirse en combate con estas feroces criaturas a bordo de sus titánicas máquinas de guerra. Una partida de caza en busca de dinosaurios puede ser desde un acontecimiento social en el que codearse con nobles de otros mundos a una operación de contrabando, pasando por una expedición científica (de un Magos Biologis, xenólogos aficionados o los burócratas del Administratum encargados de evaluar Toxiqa) en la que las cosas salen mal. El Ordo Xenos tendría buenos motivos para enviar a un grupo de acólitos a supervisar lo que ocurre.


- Las figuras que aparecen en los antiguos relieves de los eslizones no son humanas, sino alienígenas. Un inquisidor radical (¡quizá el propio maestro de los acólitos!) ha reconocido las pistas y está buscando el acceso a un complejo subterráneo en el que supuestamente se alojarían artefactos y tecnología xenos. Puede tratarse de tumbas de estasis, una prisión mística, un portal a la Telaraña o cualquier cosa que se te ocurra, pero las acciones del inquisidor están destinadas a atraer atenciones indeseadas. O bien despiertan lo que sea que hay en el complejo, o bien un tercer grupo (los eldar son particularmente adecuados) trata de impedirlo.

Sea como sea, una vez abierto el complejo, es cuestión de tiempo que los antiguos dueños de Toxiqa regresen para recuperar su mundo. ¿De qué lado estarán los eslizones entonces? Es muy probable que el Imperio se enfrente a una insurrección a escala planetaria.

- Muchas de las aventuras relacionadas con Toxiqa tendrán lugar, en realidad, en otros lugares. La pugna entre facciones por la “cuestión toxiqana” puede convertirse en cualquier momento en una guerra más o menos abierta. El escenario más extremo es que se desate una cruzada popular liderada por un inquisidor o confesor extremista, a lo que los consorcios comerciales responderían movilizando sus propias flotas y mercenarios. Para evitar que un conflicto así se convierta en una guerra civil, el Adeptus Terra se mantendrá al margen y ordenará hacer lo mismo a las fuerzas regulares del Imperio, pero los miembros de la Inquisición seguro que tomarían partido por uno y otro bando, dando lugar a una guerra soterrada interna paralela a la confrontación general.


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